Netas divinas quienes creen en el poder de la oracion

Oración por los intercesores

El Espíritu Santo que habita en nosotros es el que reza, ya que decimos al comienzo de la Divina Liturgia: “Oh Rey celestial, Consolador, Espíritu de verdad, ven y habita en nosotros…”. Es decir, nos dirigimos a Él por el poder que nos ha enviado. Él es quien nos cambia de un estado a otro y eleva nuestra alma a la oración.

Ha despojado a nuestra alma de sus lujurias y caprichos y la ha convertido en morada de Dios. Nos traslada a Sí mismo, como si Dios en la oración se dirigiera a Sí mismo. El Señor entra en ti con el Espíritu Santo. Él despoja tu alma de sus concupiscencias y la hace capaz de hablar con Él. Cuando te diriges al Espíritu Santo al comienzo de cada oración: “Oh Rey Celestial, Consolador…”, el espíritu del mal huye de ti y el Espíritu de Cristo habita en ti y te eleva. No tienes más palabras porque las palabras de Cristo descienden a ti y Cristo se dirige a sí mismo dentro de ti y por esto te conviertes en Cristo mismo.

Antes de que el Espíritu de Dios entre en ella, el alma está caída, vacía, oscurecida o rota. Y si el Espíritu de Dios entra en ella, se mueve por Su poder hacia el Padre y se convierte en un alma renovada en el Espíritu. Se adhiere al Señor, uniéndose a Él con todas sus fuerzas y el Espíritu Santo ora en ella. Por eso decimos al comienzo de nuestras oraciones: “Ven y permanece en nosotros y límpianos de toda impureza”. El significado de esto es que no podemos orar profundamente a menos que invoquemos al Espíritu Santo para que descienda a nosotros y empuje el alma hacia Dios, así el hombre ora por el poder del Espíritu Santo. La oración, pues, desde la primera palabra, es del Espíritu Santo al Padre.

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Intercesión de la Iglesia

La oración es la fuerza más poderosa que conoce la humanidad. Puesto que hemos sido hechos partícipes de la victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte (1 Juan 4:4), tenemos autoridad como hijos e hijas de Dios para orar por los demás, haciendo retroceder las tinieblas del pecado y la opresión. En la oración, disponemos de un arma que tiene poder divino para destruir fortalezas” (2 Corintios 10:4).

Ese tipo de arma -el poder de la oración- es algo que Dios nos invita a utilizar cuando buscamos no sólo la transformación personal, sino también la transformación del mundo. Un intercesor es alguien que asume una “carga” que va mucho más allá de sus propias necesidades e intenciones.

Y los que aceptan la llamada a la intercesión llegan a aprender de un modo más profundo que los sufrimientos del tiempo presente no pueden compararse con la alegría que vendrá cuando se desarrollen los propósitos de Dios. Aprenden a confiar en el Señor, porque han experimentado en la oración cuán infinitamente compasivo es Dios. Los intercesores participan en el magnífico plan de Dios para elevar a la humanidad a la participación en la vida divina. Esta comprensión les mueve a entablar una batalla espiritual contra las fuerzas que tratan de destruir los planes de Dios.

Cómo interceder en la oración

2 Como está escrito en el profeta Isaías: “He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará tu camino; 3 voz de uno que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas””.

El vínculo con el Antiguo Testamento es breve, no como el preámbulo de Mateo que da la genealogía de Jesús desde Abraham hasta su padre terrenal, José. Marcos afirma simplemente que este Jesús es el Mesías predicho por los profetas judíos de antaño.

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Estos versículos ayudan al lector a situarse histórica y culturalmente sobre quién y de dónde procede este Jesús. En el Antiguo Testamento eran los profetas los que predicaban y hablaban de Él para preparar al pueblo para su eventual venida.

4 Juan el Bautista apareció en el desierto predicando un bautismo de arrepentimiento para el perdón de los pecados. 5 Y salía a él toda la región de Judea, y todo el pueblo de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Juan estaba vestido de pelo de camello y llevaba un cinturón de cuero alrededor de la cintura, y su alimentación consistía en langostas y miel silvestre.

La oración de intercesión y el libre albedrío

Una vez, hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, vivían cuatro personajillos que corrían por un laberinto en busca de queso que los alimentara y los hiciera felices. Dos eran ratoncitos llamados “Sniff” y “Scurry” y dos personitas ≠ seres que eran tan pequeños como los ratones pero que se parecían y actuaban muy parecido a las personas de hoy. Se llamaban “Hem” y “Haw”. Debido a su pequeño tamaño, sería fácil no darse cuenta de lo que hacían los cuatro. Pero si te fijabas bien, descubrías cosas asombrosas. Todos los días, los ratones y las personitas pasaban el tiempo en el laberinto buscando su propio queso especial. Los ratones, Sniff y Surry, que sólo poseían cerebros de roedor, pero buenos instintos, buscaban el queso duro y mordisqueable que les gustaba, como suelen hacer los ratones. Las dos personitas, Hem y Haw, utilizaron sus cerebros, llenos de muchas creencias y emociones, para buscar un tipo de Queso muy diferente -con C mayúscula- que creían que les haría sentirse felices y tener éxito.

En el primer sermón de esta serie, el reverendo Brad nos introdujo en el concepto de la oración como conexión -específicamente, la oración profunda como forma de permitirnos conectar con nuestras raíces- con el Dios que llevamos dentro. Nos explicó que estar con nosotros mismos y en nosotros mismos, en una reflexión silenciosa, puede revelarnos más de lo que imaginamos sobre quiénes somos. Nos dio la definición de la palabra “Epifanía” como “una revelación”. Y el reverendo Brad nos contó cómo Jesús tomó conciencia de su propia naturaleza divina para que nosotros pudiéramos conocer lo divino que hay en nosotros. Jesús lo hizo estando ABIERTO – abierto a las posibilidades de lo Divino dentro de él. La apertura es la base elemental de la conciencia, el ingrediente crítico que no podemos omitir cuando oramos. Descubrimos que la ÚNICA manera de conectar con el “ahí fuera” es “aquí dentro”. Es a través de conocer las profundidades de nuestros espíritus y nuestros corazones que nos conectamos con el aliento de lo Divino dentro de nosotros. Al igual que las raíces de una planta deben estar intactas y conectadas firmemente a la parte de la planta que vemos por encima del suelo, esas raíces también deben estar en profunda comunión con la tierra que las nutre y hace que la planta brote y crezca. De la misma manera, nuestra necesidad más profunda es conectar con la fuente de lo que somos, porque esa conexión con nuestras raíces es lo que nos permite crecer. Y establecemos esa conexión a través de la oración ≠ oración profunda.

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