El esoterismo divino (obra del templo) restaurado por Cristo

Nota.- En esta página web utilizo el termino esoterismo divino para referirme a las profundas verdades que son reveladas en forma reservada a través de las sagradas ordenanzas del templo.

LUIS CASTILLO

Antes de leer este articulo, recomiendo primero leer el articulo “El esoterismo divino en la antigüedad”, del cual cito:

“Los Santos de los Últimos Días creemos que en el principio Dios les revelo a Adán y a Eva la verdad acerca del origen, propósito y destino de la humanidad. El aspecto más profundo de estas verdades les fueron comunicadas en forma reservada a través de ciertos ritos o ceremonias sagradas conocidos como las ordenanzas del templo.

Es solo por medio de las sagradas ordenanzas del templo que los patriarcas tuvieron acceso al verdadero esoterismo, al esoterismo divino, el mismo que Dios les revelo a Adán y a Eva en el principio. Estas ordenanzas del templo solo eran administradas en ciertos lugares o edificios sagrados, los cuales eran reservados o edificados exclusivamente para este propósito.” (1)

Los patriarcas y profetas de la antigüedad Adán, Enoc, Noé, Abraham y Moisés recibieron las ordenanzas del templo y las administraron a todos aquellos que estuvieron preparados espiritualmente para recibirlas.

Lamentablemente la apostasía del pueblo de Israel trajo la pérdida de las llaves Sacerdocio de Melquisedec y de las ordenanzas del templo. (DyC 84:19-27)

En la dispensación del meridiano de los tiempos la misión de Juan el bautista fue preparar al pueblo para recibir al Mesías, quien restauraría las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y de las ordenanzas del templo. José Smith enseño:

“…Cristo vino, de acuerdo con las palabras de Juan [véase Marcos 1:7], y era mayor que Juan, porque Él tenía las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios, y previamente había revelado el sacerdocio de Moisés…” (2)

Durante su ministerio mortal el Salvador no pudo compartir con los judíos las verdades más elevadas de su evangelio debido a su incredulidad: “Si os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os digo las celestiales?” (Juan 3:12)

Aun los apóstoles no estaban preparados para recibir las enseñanzas más profundas del evangelio, por ello poco antes de su crucifixión el Señor les dijo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.” (Juan 16:12)

Pedro, Santiago y Juan recibieron las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y de las ordenanzas del templo

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Y después de seis días, Jesús tomó consigo a Pedro, y a Jacobo y a Juan, su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos; y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.

Y he aquí se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. Y respondiendo Pedro, dijo a Jesús: Señor, bueno es que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías.

Y mientras él aún hablaba, he aquí una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; a él oíd.

Y al oír esto, los discípulos se postraron sobre sus rostros y temieron en gran manera. Entonces Jesús, acercándose, los tocó y dijo: Levantaos y no temáis. Y alzando ellos sus ojos, no vieron a nadie, sino a Jesús solo.” (Mateo 17:1-8)

“El Salvador llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan a un monte muy elevado y allí El, con Moisés y Elías, confirió sobre estos apóstoles las llaves del sacerdocio. En aquel momento, muchas cosas pertenecientes a la tierra y sus habitantes fueron reveladas a estos apóstoles, pues la tierra fue transfigurada delante de ellos tal cual se verá cuando reciba su gloria. El Señor consagró y santificó aquella cumbre en lugar de llevar a los apóstoles al templo en Jerusalén, porque el templo se había tornado en “cueva de ladrones”, habiendo caído en manos de judíos apóstatas que no adoraban al verdadero Dios viviente.” (3)

Es importante resaltar que en esta extraordinaria experiencia los apóstoles escucharon la voz de Dios y llamaron al lugar el “monte santo”:

Porque él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando una voz le fue enviada desde la magnífica gloria, diciendo: Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo.” (2 Pedro 1:17-18)

Sobre esta sagrada experiencia en el monte de la transfiguración el Señor le revelo al profeta José Smith:

Sin embargo, el que persevere con fe y haga mi voluntad, vencerá; y recibirá una herencia sobre la tierra cuando venga el día de la transfiguración; cuando la tierra sea transfigurada según el modelo que les fue mostrado a mis apóstoles sobre el monte, relato cuya plenitud todavía no habéis recibido.” (DyC 63:20-21)

Antes del ministerio terrenal del Salvador, el último profeta que tuvo las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y de las ordenanzas del templo fue Elías, hablando acerca de la misión de este gran profeta José Smith enseño:

“Elías fue el último profeta que tuvo las llaves del sacerdocio” (4)

“El espíritu, poder y llamamiento de Elías el Profeta es el de que ustedes tengan la autoridad de poseer las llaves de la revelación, las ordenanzas, los oráculos, poderes e investiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios en la tierra; y de recibir, obtener y efectuar todas las ordenanzas que pertenecen al reino de Dios.” (5)

“Debe haber sido esta autoridad la que fue conferida a Pedro, Santiago y Juan… Nosotros, por lo tanto, llegamos a la conclusión de que los santos en aquella dispensación tuvieron el privilegio de recibir todas las llaves y autoridades necesarias para la salvación y exaltación del hombre…”

“Cristo dijo a estos tres hombres, mismos que, creo yo, recibieron sus investiduras sobre este monte que no debían mencionar esta visión y lo que había ocurrido hasta que Él no hubiese resucitado.” (6)

“Y cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.” (Mateo 17:9)

Luego de la resurrección del Salvador se otorgaron las ordenanzas del templo a los demás apóstoles y a los setentas

Luego de la resurrección del Salvador “¿Qué podía haber que les impidiese [a Pedro, Santiago y Juan] otorgar las investiduras? Evidentemente que no lo harían en el templo de Jerusalén, pues éste había caído en manos apóstatas. Pero podían, y probablemente lo hicieron, dar investiduras a los otros apóstoles y a muchos otros en algún lugar aislado o en algún apartado monte.” (7)

Esta afirmación de Joseph Fielding Smith encuentra total respaldo en dos fuentes cristianas muy antiguas: el teólogo cristiano Clemente de Alejandría (150-215 d.C.) y Eusebio de Cesárea (275-339), quien fue obispo de Cesárea y a quien se le conoce como el padre de la historia de la Iglesia.

En su obra “Historia de la Iglesia” Eusebio de Cesárea cita a Clemente de Alejandría diciendo:

“Después de la resurrección el Señor impartió el más alto conocimiento [gnosis] a Jacobo el Justo, a Juan y a Pedro. Ellos lo dieron a los otros apóstoles y los otros apóstoles a los Setenta…” (8)

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Capilla de la Ascensión, Jerusalén

Además en su obra “Vida de Constantino” Eusebio escribió:

“… la madre del emperador ensalzó con edificaciones sublimes el recuerdo del ascenso a los cielos del Salvador del universo, sobre el monte de los Olivos, erigiendo arriba en la cumbre, junto a la misma cima del monte, el sacro recinto de una iglesia. También allí fundó un oratorio en honor del Salvador que en ese lugar se detuvo, toda vez que un relato fidedigno sostiene que en ese lugar, en la misma cueva el Salvador del universo, inició a sus discípulos en los arcanos misterios.” (9)

La literatura de los 40 días y las ordenanzas del templo cristiano

Las siguientes citas son del extraordinario libro “Templo y Cosmos” escrito por el gran erudito SUD Hugh Nibley:

“Las ordenanzas del templo cristiano emergen de los cuarenta días de enseñanzas del Señor a sus Apóstoles; enseñanzas que MacRae llama los discursos de revelación.” (10)

“No debemos olvidar la literatura propia de los cuarenta días, en la que el Señor instruye a los Apóstoles en secreto después de su resurrección, con respecto a los ritos y ordenanzas de un orden superior, tales como el círculo de la oración y la cámara del matrimonio.” (11)

“Un reciente estudio sobre el ministerio de los cuarenta días de Cristo concluye de la siguiente manera: Lo sucedido tras la resurrección de nuestro Señor fue que se trasladó constantemente hacia adelante y hacia atrás entre esos dos espacios o mundos, el visible y el invisible. Existe otro mundo además de este en que nos encontramos ahora. No se encuentra en algún punto remoto del espacio exterior. Por el contrario, coexiste con nuestro mundo… aquel es el mundo del espíritu y este es el mundo de la materia.” (12)

“Hablemos ahora un poco acerca de las ordenanzas. Casi todos los documentos cristianos antiguos (y existen más de 200) tienen que ver con lo que El Señor enseñó a los Apóstoles después de su resurrección. ¿Qué se dijo en esos cuarenta días? El Nuevo Testamento no nos los dice. ¿Qué les enseñó a sus Apóstoles? Según estos documentos, él les administró las ordenanzas del templo pero sólo a los Apóstoles, para que permanecieran en secreto. De acuerdo con estas fuentes, dichas ordenanzas, el Señor les explica, iban a permanecer sobre la tierra sólo durante dos generaciones, tras lo cual serían retiradas. El conocimiento de estas ordenanzas no iba a pasar más allá del de las autoridades generales; sin embargo se otorgaban como una bendición especial para poder completar la obra de esa dispensación. Más adelante serían restauradas (en nuestra propia dispensación)…” (13)

“Tenemos dieciséis diferentes relatos de su resurrección y enseñanzas. También tenemos la maravillosa historia registrada en 3 Nefi del Señor manifestándose e instruyendo a los Apóstoles después de la resurrección. Pero, ¿qué fue lo que les enseñó? Ese es el punto. Debió haberles dado algo extremadamente importante como para cambiar por completo su visión de todo; porque después de esto estuvieron preparados para salir al mundo a predicar el evangelio.

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Los documentos de los cuarenta días tienen cuatro cosas en común. Ante todo, eran secretos solo para los Apóstoles y no para el público en general. No fueron transmitidos; ya que existía el real y latente riesgo de que pudieran ser falsificados más tarde. Por supuesto, las personas supieron la clase de cosas que el Señor enseñó y consecuentemente la clase de cosas que podían falsificarse de manera que todos pretendían tener el conocimiento aunque en realidad nadie lo poseía.

En segundo término, tales documentos esbozan un panorama sombrío. En todos estos relatos, los Apóstoles le preguntan al Señor: “¿Qué pasará con nosotros ahora? ¿Qué va a ocurrirle a la iglesia? ¿Por qué hemos de lidiar con todo esto en esta dispensación si todo ha de ser quitado? El Señor les dice que esto permanecerá durante dos generaciones y entonces será retirado; una iglesia menor o inferior ocupará su lugar; será conservada en el fuego, por así decirlo; la iglesia verdadera regresará más tarde cuando regrese con mi Padre.” Ésta, desde luego, era una doctrina que a los cristianos no les gustaba. Eran malas noticias para la iglesia que vendría después tener al Señor diciéndoles a los Apóstoles que todas estas cosas iban a ser quitadas. Sin embargo él había dicho algo similar en varios pasajes en el Nuevo Testamento. Los documentos lo dejan perfectamente claro y es por ello que estas enseñanzas fueron sumamente impopulares.

En tercer lugar, el Señor les enseñó doctrinas extrañas y al mundo cristiano no le agradó en lo absoluto este tipo de cosas. A las iglesias les gustaban las cosas espirituales; las cosas que salían de la Escuela de Alejandría.

En cuarto lugar (y lo más importante), el Señor entregó a los Apóstoles las ordenanzas. No podemos hablar de estas ordenanzas específicamente, sólo de manera general.” (14)

Durante los cuarenta días el Señor dijo lo registrado en la Epístola de los Apóstoles (su título correcto es Lo Que el Señor Le Dijo a los Apóstoles en Conversaciones Secretas después de la Resurrección), “he sido enviado con toda autoridad de mi Padre para guiar a todos aquellos que moren en tinieblas hacia la luz.” (15)

“En la creación, dice la Ginza, Dios decretó que los ángeles debían ir a hacerle compañía a Adán. En el principio, fue el Señor mismo y dos compañeros quienes personalmente instruyeron a Adán y a Eva en todas las cosas.” “Cuando Adán fue colocado sobre la tierra, tres mensajeros fueron enviados para supervisarle encabezándolos yo mismo,” dice el Señor a los Apóstoles durante los cuarenta días. “Les enseñé a Adán y a Eva los himnos, el orden de la oración y las ordenanzas que les ayudarían a regresar a la presencia del Padre.” (16)

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Por alguna razón, las ordenanzas son vitales. No son simples formas o símbolos; son analogías. De pie en el círculo de oración con los Apóstoles, el Señor les dice: “Les enseñaré todas las ordenanzas necesarias para que puedan avanzar por grados y progresen en la siguiente vida.” En muchas de estas historias de los cuarenta días (y hay varias), después que el Señor está a punto de dejar a los Apóstoles, les dice: “Les he enseñado todas estas cosas. Ahora permaneceremos en este círculo y repetirán después de mí esta oración y pasaremos a través de todas las ordenanzas otra vez.” Esto es repetido en 2 Jehú que, como ya he mencionado, Carl Schmidt señaló como el más importante de todos los escritos cristianos antiguos. De pie con los Apóstoles en el círculo de la oración, el Señor les dice: “les enseñaré todas las ordenanzas necesarias que les permitirán avanzar en grados y progresar en la siguiente vida.” “Estas cosas…” el Salvador explica más adelante, “hacen posible que puedan alcanzar otros lugares (topoi), pero se deben realizar en esta vida. A menos que uno las realice aquí, no se puede llegar a ser un Hijo de Luz.” (17)

Juan el Bautista, quien efectuó las ordenanzas que le fueron comisionadas, predijo en un lenguaje especial que Cristo traería las ordenanzas del sacerdocio mayor después de él, porque Juan únicamente poseía las ordenanzas del sacerdocio aarónico, o sacerdocio menor, nos dice el Pistis Sophia y la Epístola de los Apóstoles. De hecho, fue el Señor quien, durante los cuarenta días, finalmente les reveló todas las ordenanzas en su plenitud. En otras palabras, tenemos que “toda persona va al lugar indicado en función de las ordenanzas que ha recibido. Incluso una persona sin pecado” les dice el Señor, “no puede salvar a otros sin poseer él mismo estas ordenanzas.” (18)

El profeta José Smith enseño que Jesucristo mismo recibió las ordenanzas del templo: “Si un hombre ha de recibir la plenitud del sacerdocio de Dios, debe obtenerla de la misma manera en que Jesucristo la obtuvo, que fue por guardar todos los mandamientos y obedecer todas las ordenanzas de la casa del Señor…” (19)

Citas

1. Ver el artículo “El esoterismo divino en la antigüedad”.

2. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, (2007). Pág. 88

3. Joseph Fielding Smith. Doctrina de Salvación. Tomo 2. Página 219

4. Enseñanzas del Profeta José Smith. Compilación de José Fielding Smith. Pág. 205

5. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, (2007). Pág. 329

6. Joseph Fielding Smith. Doctrina de Salvación. Tomo 2. Pág. 154

7. Joseph Fielding Smith. Doctrina de Salvación. Tomo 2. Página 155

8. Eusebio de Cesárea, Historia de la Iglesia. Página 59

9. Eusebio de Cesárea, Vida de Constantino, Página 300

10. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 34

11. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 35-36

12. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 82

13. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 129

14. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Páginas 130

15. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 131

16. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 132

17. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 136

18. Hugh Nibley, Templo y Cosmos. Página 137

19. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, (2007). Pág. 445

Nota.- En este blog utilizo el termino esoterismo divino para referirme a las profundas verdades que son reveladas en forma reservada a través de las sagradas ordenanzas del templo.

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