La espiritualidad

Conferencia General Octubre 1985
La espiritualidad
élder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles

Dallin H. Oaks“Para los fieles, la espiritualidad es un lente a través del cual miramos la vida y una norma con la que la evaluamos.”

Los miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días tenemos una forma particular de ver la vida: contemplamos nuestras experiencias con una perspectiva eterna. Cuanto mas nos alejamos de lo mundano, tanto mas cerca nos sentimos de nuestro Padre Celestial y mas capaces somos de dejarnos guiar por su Espíritu. A este atributo le llamamos espiritualidad.

Para los fieles, la espiritualidad es un lente a través del cual miramos la vida y una norma con la que la evaluamos. El apóstol Pablo habló de este concepto en dos de sus epístolas.

“No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas.” (2 Corintios 4: 18.)

“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.

“Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.” (Romanos 8:54.)

Tener una mente espiritual es ver y evaluar nuestras experiencias en la perspectiva mas amplia de lo eterno.

Cada uno de nosotros tiene un lente por el cual ve el mundo; ese lente da un tinte especial a todo lo que vemos; puede eliminar algunos rasgos y hacer resaltar otros; también puede revelar lo que de otro modo seria invisible. Por el lente de la espiritualidad, podemos conocer “las cosas de Dios” por “el Espíritu de Dios” (1 Corintios 2:11). Como lo enseñó Pablo, estas son “locura” para “el hombre natural”, que no las puede percibir “porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14).

La forma en que interpretamos nuestras experiencias también depende del nivel de nuestra espiritualidad. Algunos interpretan la vida terrenal puramente desde el punto de vista de sus logros y posesiones materiales. En contraste, los que tenemos un testimonio del evangelio de Jesucristo debemos interpretar las experiencias de acuerdo con nuestro conocimiento del propósito de la vida, de la misión de nuestro Salvador y del destino eterno de los hijos de Dios.

La espiritualidad no es función de un cargo o llamamiento. Un científico puede ser mas espiritual que un teólogo; un maestro puede ser mas espiritual que un dignatario oficial. El punto de vista de la persona y aquellas cosas a las que da preferencia determinan su espiritualidad; esta se manifiesta en sus palabras y acciones. El presidente John Taylor demostró su espiritualidad con estas palabras, que pronunció al informar de su misión en Europa en 1852:

“Algunos me han preguntado a veces: ‘¿No tiene miedo de atravesar mares y desiertos, de andar donde hay lobos, osos y otras bestias feroces?. . . ¿No teme caer por el camino ni que su cuerpo quede tirado en el yermo o cubierto por las olas’?’ No. ¿Que importancia tiene todo eso? ¿Y que mas daría si cayera por el camino?. . . Esas cosas no me preocupan, sino que me regocijo día y noche de que Dios haya revelado el principio de la vida eterna, de que a mi se me haya puesto en conocimiento de esa verdad y de que se me considere digno de trabajar en la obra del Señor.” (Journal of Discourses, 1:17.)

Las Escrituras contienen hermosos relatos de la espiritualidad que se manifiesta en la vida diaria. Uno de estos, registrado en el capitulo diez de Lucas, nos dice que el Salvador llegó a cierto pueblo:

“. . .y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.

“Esta tenia una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.

“Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.

“Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estas con muchas cosas.

“Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada.” (Versículos 38-42.)

Este pasaje recuerda a toda “Marta”, sea hombre o mujer, que no debemos ocuparnos en lo rutinario y temporal hasta el punto de dejar pasar oportunidades que son espirituales y extraordinarias.

El contraste entre lo espiritual y lo temporal también se pone en evidencia en el caso de los gemelos Esaú y Jacob, y en la actitud diferente que tuvieron en cuanto a la primogenitura. Esaú, que era el primogénito, “menospreció” su primogenitura (Génesis 25:32). Jacob, el gemelo que nació segundo, la deseaba; Jacob valoraba lo espiritual, mientras que Esaú quería lo mundano. Cuando tuvo hambre, Esaú vendió su primogenitura por un plato de guisado. “He aquí”, explicó, “yo me voy a morir; ¿para que, pues, me servirá la primogenitura’?” (Génesis 25:32). Muchos como Esaú han renunciado a algo de valor eterno por satisfacer un apetito pasajero por las cosas del mundo.

Los soldados romanos de Pilato dejaron una ilustración inolvidable de la perspectiva de la mente carnal y de la mente espiritual. En la trágica tarde del Calvario, un grupo de soldados esperaba al pie de la cruz, testigos del acontecimiento mas importante de toda la eternidad. Totalmente indiferentes a lo que sucedía en la cruz, ellos se ocupaban de echar suertes para dividirse las escasas posesiones terrenales del Hijo de Dios que allí agonizaba. (Mateo 27:35; Lucas 23:34; Juan 19:24.) Este ejemplo nos sirve para recordar que no debemos echar suertes por las cosas del mundo mientras lo eterno, como nuestra familia y la obra del Señor, necesita nuestra atención.

Ahora, un ejemplo de evaluación temporal y espiritual de una experiencia cotidiana. Hace años, en una reunión espiritual en la Universidad Brigham Young, el élder Loren C. Dunn contó que su padre, que era presidente de estaca en Tooele [Tuela], un pueblo del estado de Utah, vivía muy ocupado. Había dado a sus dos hijos menores la responsabilidad de cuidar de las vacas de la granja en que vivían; los chicos tenían bastante libertad de acción y cometían errores. Un vecino alerta que observó algunos de esos errores se quejó al padre de lo que hacían los muchachos. “Lo que usted no comprende”, respondió el presidente Dunn, “es que estoy tratando de criar hijos, no vacas”. (“Our Spiritual Heritage”, Fireside and Devotional Speeches, Provo: Brigham Young University Press, 1982, pág. 138.) ¡Que percepción maravillosa! Es un hermoso ejemplo para los padres que tienden a ver y evaluar a sus hijos sólo en una perspectiva temporal.

Lo que vemos a nuestro alrededor depende de lo que buscamos en la vida. Los conquistadores españoles quitaron a los artesanos del Nuevo Mundo objetos de arte irremplazables para fundir el oro y hacer lingotes. Los enemigos del profeta José Smith lo persiguieron para robarle las planchas de oro de las que debía traducir el Libro de Mormón; las querían para conseguir dinero, no el mensaje que contenían. El valor temporal de las planchas tenia un precio; su valor espiritual era incalculable.

El élder John A. Widtsoe enseñó: “Todo acto humano y todo hecho terrenal tiene un significado espiritual. . . Es responsabilidad del hombre buscar la esencia espiritual de las cosas terrenales. . . No hay persona mas feliz que aquella que respalda todas sus labores en la interpretación y comprensión espiritual de los actos de su vida” (en Conference Report, abril de 1922, págs. 95-97).

Los Santos de los Ultimos Días que poblaron estos valles practicaban ese principio. Juzgando de acuerdo con los valores y aspiraciones del mundo, algunas empresas de los pioneros fracasaron; la del hierro no tuvo éxito en producir importantes cantidades de hierro; la del algodón no le sirvió a Utah para ser autosuficiente en ese producto; los intentos de producir azúcar no alcanzaron el éxito sino hasta después de cuarenta años; el Fondo Perpetuo de Inmigración no se perpetuó porque muchos inmigrantes no pudieron devolver lo que les habían prestado. Pero, si los pesamos en la balanza de los valores eternos de lealtad, cooperación y consagración, algunos de los mas notorios “fracasos” para el mundo se cuentan entre los mayores triunfos de los pioneros. Fuera cual fuera el resultado económico, esas empresas exigieron a los pioneros los sacrificios que los convirtieron en santos y que prepararon a los santos para la exaltación. Para Dios “todas las cosas son espirituales” (D. y C. 29:34).

En otro gran hecho histórico de la Iglesia, varios cientos de hombres marcharon desde Ohio para brindar ayuda militar a los santos perseguidos de Sión, en el oeste de Misuri. Pero, cuando los integrantes del Campo de Sión se acercaban a su destino, el profeta José Smith los hizo dispersarse. Si se juzga según su manifiesta finalidad, la expedición fue un fracaso; no obstante, la mayoría de los hombres que dirigirían la Iglesia durante el medio siglo siguiente, e incluso los que condujeron a los santos a través de los llanos para colonizar las montañas del Oeste, en aquella marcha llegaron a conocer al Profeta y a recibir de el parte de su capacitación de lideres. El élder Orson F. Whitney dijo del Campo de Sión:

“La redención de Sión es mucho mas que la compra o recuperación de tierras, la edificación de ciudades o la fundación de naciones. Es la conquista del corazón, la sumisión del alma, la santificación de la carne, la purificación. y el ennoblecimiento de las pasiones.” (The Life of Heber C. Kimball, segunda edición, Salt Lake City: Stevens & Wallis, Inc., 1945, pág. 65.)

El primero de los Diez Mandamientos: “No tendrás dioses ajenos delante de mi” (Exodo 20:3) resume la naturaleza de la espiritualidad. Para el que es espiritual no hay nada que tenga precedencia a Dios. Aquel que persigue otros objetivos, como el poder o la prominencia, no es espiritual.

En las enseñanzas de los tres Apóstoles mayores del Salvador, es evidente la preeminencia de lo espiritual sobre lo temporal. Pedro enseñó:

“Toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre”(l Pedro 1:24-25).

Y Santiago dijo: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4).

Y el apóstol Juan escribió:

“No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no esta en el.
“Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.
“Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (I Juan 2:15-17).

El materialismo, que da prioridad a las necesidades y los objetos materiales, obviamente es lo opuesto a la espiritualidad. El Salvador enseñó que no debemos acumular “tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan” (Mateo 6:19); sino que debemos acumular tesoros en el cielo: “Porque donde este vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21).

Samuel el Lamanita, al igual que otros profetas del Libro de Mormón, advirtió a los nefitas que habían sido malditos por motivo de sus riquezas y añadió: “Porque habéis puesto vuestro corazón en ellas, y no habéis hecho aprecio de las palabras de aquel que os las dio” (Helamán 13:21; Helamán 6:17; 7:21).

El apóstol Pablo aconsejó al joven Timoteo: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6:17).

Sin embargo, el dinero no lleva inherente la maldad. El buen samaritano empleó, para servir a su prójimo, la misma clase de monedas que Judas para traicionar al Maestro. Es “el amor al dinero” lo que es “raíz de todos los males” (véase I Timoteo 6:10; cursiva agregada). La diferencia fundamental existe en el nivel de espiritualidad con que veamos, evaluemos y utilicemos las cosas de este mundo y nuestras experiencias en el.

Si permitimos que el dinero se vuelva objeto de adoración o que tenga precedencia a todo lo demás, entonces puede hacernos egoístas y vanos, engreídos “con las vanidades del mundo” (Alma 5:37). En contraste, si lo empleamos para cumplir con nuestras obligaciones legales y para pagar el diezmo y las ofrendas, el dinero servirá para demostrar nuestra integridad y desarrollar la generosidad. Cuando la espiritualidad ilumina el uso de los bienes, estos nos ayudan a prepararnos para la ley mas alta de una gloria celestial.

Las cualidades de la espiritualidad que hayamos sido capaces de lograr a menudo se evidencian en la forma en que reaccionamos ante la muerte u otras tragedias y tribulaciones. Los fieles Santos de los Ultimos Días podemos soportar la muerte de nuestros seres queridos porque tenemos fe en la resurrección y en la naturaleza eterna de los lazos familiares. Podemos arrepentirnos y elevarnos por encima de nuestros errores y deficiencias porque sabemos que nuestro Salvador padeció “estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten” (D. y C. 19: 16).

En la perspectiva de la eternidad, un infortunio puede constituir una oportunidad de desarrollar en el alma un poder de trascendencia eterna. La fortaleza se forja en la adversidad. La fe crece en un medio que no nos permite ver lo que nos depara el futuro.

Lehi le prometió a su hijo Jacob que Dios “consagraría sus aflicciones para su provecho” (2 Nefi 2:2). En medio de las persecuciones en Misuri, el Señor les aseguró a los santos: “Todas las cosas con que habéis sido afligidos obraran juntamente para vuestro bien” (D. y C. 98:3). Los que pueden contemplar sus aflicciones en esa forma tienen espiritualidad.

¿Y como logramos la espiritualidad? ¿Cómo alcanzamos ese nivel de santidad en el cual podemos tener constantemente la compañía del Espíritu Santo? ¿Cómo podemos ver y evaluar todo lo de este mundo con la perspectiva de la eternidad?

Buscamos la espiritualidad por medio de la fe, el arrepentimiento y el bautismo; por medio del perdón; por medio del ayuno y la oración; por los deseos justos y los pensamientos y acciones puros. Buscamos la espiritualidad por medio del servicio a nuestros semejantes; por medio de la adoración; por el deleite en la palabra de Dios, en las Escrituras y las enseñanzas de los profetas vivientes. Logramos la espiritualidad haciendo convenios y siendo fieles a ellos, esforzándonos conscientemente por cumplir todos los mandamientos de Dios. Pero la espiritualidad no se logra repentinamente, sino que es consecuencia de una sucesión de decisiones correctas; es la cosecha de una vida de rectitud.

Por el lente de la espiritualidad, en todo mandamiento de Dios, vemos una invitación a recibir bendiciones. La obediencia y el sacrificio, la lealtad y el amor, la fidelidad y la familia, todo se ve en su perspectiva eterna. Las palabras del Salvador, que aparecen en la traducción inspirada que hizo el profeta José Smith de la Biblia, cobran nuevo significado:

“Y todo el que pierda su vida en este mundo, por causa de mi, la hallara en el mundo venidero.

“Por tanto, abandonad el mundo y salvad vuestras almas. Porque ¿que aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿0 que puede dar el hombre a cambio de su alma?” (Traducción de José Smith de Mateo 16:28-29; traducción libre al castellano.)

Los frutos de la espiritualidad se le revelaron al profeta José Smith en la sección 88 de Doctrina y Convenios:

“Y si vuestra mira de glorificarme es sincera, vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas.
“Por tanto, santificaos para que vuestras mentes sean sinceras para con Dios. . .” (D. y C. 88:67-68.)

Testifico que somos los hijos de Dios el Padre Eterno. Por medio del sacrificio de su Hijo Unigénito, nuestro Salvador Jesucristo, El nos ha dado los medios por los cuales podemos purificarnos del pecado. Mediante sus profetas, El nos ha dado la perspectiva eterna de la espiritualidad.

Que podamos esforzarnos por lograr ese nivel de espiritualidad por el cual podamos “santificarnos para que nuestras mentes sean sinceras para con Dios” (véase el vers. 68). Al hacerlo, disfrutaremos sus bendiciones prometidas, en las que se incluyen la bendición de la vida eterna, “el máximo de todos los dones de Dios” (D. y C. 14:7). De esto testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.

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