Dios selecciona a sus profetas, videntes y reveladores y les da autoridad

El reino de Dios es una teocracia; es decir, toda la autoridad del reino se centra alrededor del Dios Todopoderoso, el Padre de nuestros espíritus. Dios delega a los hombres el poder y la autoridad para actuar en su nombre, y llamamos a este poder y autoridad sacerdocio. Los profetas, videntes y reveladores poseen este sacerdocio, habiéndolo recibido de Dios. El profeta José Smith escribió: “Este sacerdocio [el de Melquisedec] es una ley perfecta de la teocracia, y en representación de Dios expide leyes al pueblo, y administra vidas sin fin a los hijos e hijas de Adán” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 395). El sacerdocio, entonces, es el gobierno de Dios. Unicamente El dicta leyes, las administra y delega el poder. El elije y ordena a sus profetas, videntes y reveladores (véase Éxodo 3:10; Moisés 6:26-27; Jeremías 1:5; Juan 15:16). Ningún hombre puede asumir estas responsabilidades por sí mismo (véase Hebreos 5:4; Exodo 28:1).
El élder Parley P. Pratt explicó que “el [Señor] reserva para sí los poderes legislativo, judicial y ejecutivo. El revela las leyes y elige y nombra a los oficiales; y tiene el derecho de reprobados, corregirlos o incluso removerlos, según le plazca. De ahí la necesidad de una relación constante entre El y su Iglesia. Para corroborar los hechos antes mencionados, citamos ejemplos de todas las épocas, tal como se registran en las Escrituras:
“Este orden de gobierno comenzó en el Jardín de Edén. Dios nombró a Adán como gobernador del mundo y le dio leyes.
“Dicho orden fue perpetuado en sucesión ininterrumpida desde Adán hasta Noé; desde Noé hasta Melquisedec, Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Samuel, los profetas, Juan, Jesucristo y sus Apóstoles. Todos y cada uno de ellos fue escogido por el Señor y no por el pueblo.” (Véase Un mandato a los maestros de religión [PTSI0739SP], pág. 134.)
El Señor da a sus profetas, videntes y reveladores tanto la autoridad del sacerdocio como las llaves que necesitan para actuar en su nombre. Las llaves son el derecho a la presidencia. El presidente Joseph F. Smith escribió:
“Es necesario que todo acto efectuado bajo esta autoridad se haga en el momento y lugar apropiados, en la manera debida y de acuerdo con el orden correcto. El poder de dirigir estas obras constituye las llaves del sacerdocio. Sólo una persona a la vez, el Profeta y Presidente de la Iglesia, posee estas llaves en su plenitud. Puede delegar cualquier porción de este poder a otro, y en tal caso dicha persona posee las llaves de esa obra particular.” (Doctrina del Evangelio, pág. 131.)
Por supuesto, el pueblo posee el derecho del común acuerdo (véase D. y C. 20:65-66; 26:2); esto es, ellos pueden manifestar su deseo de ser o no dirigidos por aquellos escogidos para gobernarles, pero ellos no llaman ni relevan. Eso lo hace una autoridad mayor. El élder Parley P. Pratt dio la siguiente explicación de este principio:
“Ellos no confieren la autoridad en primer lugar, ni la pueden retirar. Por ejemplo, el pueblo no escogió a los Doce Apóstoles de Jesucristo, ni podía, por voto popular, retirarles su apostolado.
“Tal como existió el gobierno del reino en la antigüedad, así mismo ha sido restaurado.
“El pueblo no escogió al gran apóstol y profeta moderno José Smith, sino que Dios lo escogió del mismo modo que ha escogido a los profetas anteriores, es decir, por medio de una visión en la que se oyó su propia voz.” (Véase Un mandato a los maestros de religión [PTSI0739SP], pág. 134.)
A través del principio del común acuerdo, los miembros de la Iglesia también pueden indicar su aceptación de las revelaciones canonizadas. Sin embargo, ellos no pueden invalidar las revelaciones dadas a un profeta.

En la actualidad, sólo la Primera Presidencia y el Quórum de los Doce son profetas, videntes y reveladores

Aunque la Iglesia tiene a muchos hombres que sirven como “Autoridades Generales”, sólo la Primera Presidencia y los miembros del Quórum de los Doce Apóstoles son sostenidos como profetas, videntes y reveladores. El siguiente diagrama ilustra esta distinción:


Ya que debe haber un orden en la Iglesia, sólo un hombre a la vez sirve como profeta, vidente y revelador para la Iglesia en general. A él se le da un papel muy singular y “una investidura espiritual especial”. El presidente Reuben J. Clark, hijo, analizó los dones que se le dan a las varias Autoridades Generales de la Iglesia:
” … se debe tener en mente que a algunas Autoridades Generales se les ha dado un llamamiento especial y poseen un don especial; son sostenidos como profetas, videntes y reveladores, lo que les da la capacidad espiritual para enseñar al pueblo. Tienen el derecho, el poder y la autoridad para declarar la voluntad de Dios para su pueblo, bajo el poder y autoridad superior del Presidente de la Iglesia. Otras de las Autoridades Generales no reciben esta investidura y autoridad especiales para enseñar al pueblo, y por lo tanto están limitados. Esta misma limitación del poder y la autoridad para enseñar se aplica a cada oficial y miembro de la Iglesia, porque ninguno de ellos está espiritualmente investido como profeta, vidente y revelador. Además … el Presidente de la Iglesia tiene una investidura especial y más amplia, porque él es profeta, vidente y revelador para toda la Iglesia.” (Véase Curso de estudio para adultos de edad universitaria, Doctrina y Convenios [PNSI0026SP], pág. 141.)
En Doctrina y Convenios, el Señor específicamente asigna al Presidente de la Iglesia como profeta, vidente y revelador: “Además, el deber del Presidente del oficio del Sumo Sacerdote es presidir a toda la iglesia, y ser semejante a Moisés.
“He aquí, en esto hay sabiduría; sí, ser un vidente, un revelador, un traductor y un profeta, teniendo todos los dones de Dios, los cuales él confiere sobre el cabeza de la Iglesia.” (D. y C. 107:91-92.)

Enseñanzas de los profetas vivientes. Manual del alumno, pagina 8 y 9

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