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El contexto histórico del Nuevo Testamento

Por Thomas A. Wayment

Profesor adjunto de Escrituras Antiguas, Universidad Brigham Young

El entender los orígenes de este notable libro de Escrituras puede inspirar nuestro estudio.

Cada tomo de las Sagradas Escrituras tiene su propia y singular historia y da testimonio del Evangelio de salvación en su propia e inconfundible manera. El Nuevo Testamento tiene la distinción de ser el volumen de Escrituras que preserva las palabras de las personas que conocieron personalmente a Jesús o que lo siguieron poco después de Su resurrección, convirtiendo el Nuevo Testamento en un valioso recurso que nos ayudará a acercarnos al Salvador y obtener una breve visión de Su ministerio mortal. Un entendimiento de la historia del Nuevo Testamento, cómo ha llegado hasta nosotros y quiénes lo escribieron, puede aumentar nuestro aprecio por este notable libro de Escrituras y, a su vez, darnos una gran fortaleza espiritual al enfrentar, como los primeros seguidores de Jesucristo, nuestras propias pruebas.

¿Qué es el Nuevo Testamento?

En los años poco después de la muerte de Jesús, el término “Nuevo Testamento” no se habría referido a una colección de libros acerca de la vida y la muerte del Señor, sino más concretamente a algo que Él dijo a Sus discípulos la noche de la Última Cena: “…porque esto es mi sangre del nuevo convenio, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:28; cursiva agregada). Las palabras griegas traducidas como “nuevo testamento” en realidad se refieren a un convenio, el “nuevo convenio” que el Salvador nos extiende por medio de la Expiación. Los escritos registrados en la Biblia y conocidos como el Nuevo Testamento describen, documentan y enseñan acerca del nuevo convenio entre el Señor y Su pueblo.

Los escritos preservados en el Nuevo Testamento se centran en diferentes aspectos del ministerio del Salvador. El Nuevo Testamento comienza con los Evangelios, término que significa “buenas nuevas”, refiriéndose a la vida, al ministerio y al divino papel de Jesucristo. El Nuevo Testamento también contiene una historia de los primeros esfuerzos misionales de la Iglesia (el libro de Hechos); cartas de los primeros líderes, como Pedro y Pablo, que amonestan a los primeros cristianos (a quienes también se les llamaba Santos) a que permanecieran fieles a la fe; un testimonio (Hebreos); y un final (Apocalipsis) que promete el regreso del Señor en los últimos días. Cada uno de los escritores tiene una perspectiva diferente que ofrecer, y cada uno escribió con una audiencia específica en mente, en lugar de intentar rellenar brechas percibidas en el registro histórico. En la mitad del siglo IV d.C., los 27 libros que registran el nuevo convenio del Señor fueron agrupados y ordenados tal como aparecen en la actualidad.

¿Cómo llegó el Nuevo Testamento hasta nosotros?

Del grupo mayor de discípulos, Jesús llamó a doce hombres como Apóstoles. Aquellos hombres Lo siguieron a lo largo de Su ministerio, sufrieron con Él y también disfrutaron triunfos y experiencias llenas del Espíritu. Después de que Jesús murió, los Apóstoles, junto con otros fieles seguidores, empezaron a registrar sus experiencias. Hubo dos eventos que pudieron haber provocado su deseo de preservar sus registros acerca de la vida de Jesús: primero, Jerusalén y el templo cayeron bajo el dominio del ejército romano en el año 70 d.C. En segundo lugar, las fuerzas de la apostasía estaban ya en marcha (véase Hechos 20:29–30). Por tanto, muchos de los escritos del Nuevo Testamento se registraron para ayudar a los fieles a ver su camino en medio de la calamidad y la controversia de sus días.

Contemplando sus experiencias en retrospectiva, podemos aprender cómo se enfrentaron a tiempos turbulentos y cómo las buenas nuevas del Evangelio llegaron a ser un poder estabilizador en la lucha contra las fuerzas de la apostasía.

Hacia finales del primer siglo, todos los escritos preservados actualmente en el Nuevo Testamento fueron completados y circulaban ampliamente entre las ramas de la Iglesia. Los escribas hicieron copias de los textos en papiros y más tarde en pergaminos, pero había relativamente pocas copias disponibles. Los miembros de la Iglesia reunieron los libros que estaban a su disposición, y leyeron y estudiaron las palabras del Señor y de los Apóstoles. Un notable impedimento para la distribución de las Escrituras fue la persecución de los cristianos por parte del emperador romano Diocleciano en el año 303 d.C. Él ordenó que se quemaran las Escrituras cristianas y obligó a los cristianos a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Muchas personas fieles escondieron los sagrados textos durante aquellos años de persecución. Posteriormente, cuando el primer emperador cristiano, Constantino, ordenó que se hicieran nuevas copias de las Escrituras, sus eruditos lograron recuperar libros que se habían utilizado en las ramas antes del edicto de Diocleciano. Nuestras ediciones modernas del Nuevo Testamento trazan sus orígenes a las copias de la Biblia que se hicieron en los días de Constantino y, por tanto, a esas personas que sacrificaron su seguridad para preservar el nuevo convenio del Señor.

No mucho después de que Constantino hubo mandado que se volviera a copiar y circular el Nuevo Testamento, se llegaron a organizar en su presente orden los libros que componen nuestra Biblia actual. Este orden sigue el modelo establecido por el Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento contiene la Ley (Los Evangelios), la historia del Cristianismo (Hechos) y los profetas (de Romanos a Apocalipsis). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento terminan con la promesa del regreso del Señor (Malaquías y Apocalipsis). La colocación de estas palabras proféticas también hace hincapié en una esperanza de salvación y de futura revelación.

¿Quién escribió el Nuevo Testamento?

Cada autor del Nuevo Testamento escribió con una clara perspectiva sobre la misión salvadora de Jesucristo. Dos de los Evangelios fueron escritos por apóstoles: Mateo y Juan. Esos testigos apostólicos proporcionan un testimonio presencial de la vida de Jesús. Dos seguidores posteriores del Señor escribieron también Evangelios: Marcos y Lucas, quienes testificaron sobre lo que habían sentido y oído. Estos dos hombres fueron en un tiempo compañeros de Pablo (véase Hechos 12:252 Timoteo 4:11) y reflejan en parte los intereses del creciente número de Santos que vivían fuera de Judea y quienes nunca habían conocido al Señor en Su vida; en cambio, sus relatos brindan un vívido testimonio de Aquél en quien creían.

Las cartas de Pablo son probablemente los primeros escritos en el Nuevo Testamento, aunque no todos fueron escritos al mismo tiempo. Su testimonio nació de las experiencias como misionero, de varias poderosas visiones (véase Hechos 9:1–62 Corintios 12:1–7) y mediante el contacto personal con Pedro y otras personas (véase Gálatas 1:18–19). Él escribió, en gran parte, para solventar las disputas dentro de las ramas, pero en otros ocasiones escribió a sus amigos personales (Timoteo y Tito). En una carta Pablo pide que un dueño de esclavos acepte de vuelta a un esclavo que se escapó, al que Pablo conoció mientras ellos estaban en prisión (Filemón). Tradicionalmente, el libro de Hebreos se atribuye a Pablo, aunque no esté presente la introducción normal donde se identifica a sí mismo como el autor. No obstante, el libro testifica de cómo podemos venir valientemente al Señor por medio de la fe. Incluido en el Nuevo Testamento después de las cartas de Pablo, Hebreos es un tratado de cómo tener fe ante la adversidad.

La corta Epístola de Santiago también se escribió a muy temprana edad y contiene referencias a las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte, que fueron transmitidas oral y separadamente del Evangelio escrito por Mateo (véase Santiago 1:134:125:12). Santiago, el hermano menor del Señor, es el probable autor de esta epístola. Él tuvo el privilegio de conocer y ver al Salvador resucitado (véase 1 Corintios 15:7) y desempeñó un importante papel en muchos eventos de la historia de la Iglesia (véase Hechos 15:13–29).

El Nuevo Testamento también contiene dos epístolas del apóstol Pedro y tres del apóstol Juan. Ambos exhortaron a los cristianos a ser fieles; Pedro en particular mostró preocupación por la fidelidad durante tiempos de pruebas.

Judas es uno de los últimos libros escritos en el Nuevo testamento. Al igual que Santiago, este libro fue también escrito probablemente por uno de los hermanos del Señor (“Judas” en Marcos 6:3). Judas escribió a fin de tratar de sofocar la creciente apostasía en las ramas.

Finalmente, el Nuevo Testamento termina con la revelación al apóstol Juan, quien registró una visión del regreso del Señor en gloria para dar inicio a Su reinado milenario. Esa visión describe con vívido detalle la lucha entre el bien y el mal. La mayoría de los capítulos tienen que ver con acontecimientos que para Juan estaban en el futuro, incluyendo eventos en los últimos días, nuestros días.

¿Para quién se escribió el Nuevo Testamento?

Debido a que el Nuevo Testamento es propiamente un nuevo convenio entre el Señor y aquellos que tienen fe en Él, los libros están dirigidos a todos los que procuran conocerlo a Él, ya sea en esta dispensación o en dispensaciones anteriores. Originalmente, los autores del Nuevo Testamento escribieron textos para que se usaran inmediatamente en las ramas de la Iglesia en sus días, con el entendimiento de que ellos estaban registrando los acontecimientos más importantes en la historia de la humanidad. Juan, por ejemplo, consideró sus escritos como un testimonio: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31). Otros, como Lucas, escribieron con la intención de documentar la historia:

“Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,

 “tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos y fueron ministros de la palabra,

“me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde el principio, escribírtelas en orden” (Lucas 1:1–3).

Los primeros cristianos eran diversos, proviniendo unos de familias judías, otros habían sido criados en hogares gentiles, mientras que otros probablemente tenían muy poca religión formal en sus vidas antes de ser bautizados. Ellos fueron, en efecto, un espejo de la diversidad del grupo de santos de hoy. Por tanto, sus luchas pueden revelarnos lecciones poderosas de cómo vencer la debilidad y permanecer fieles a pesar de las pruebas y las tentaciones. También nos muestran cómo luchaban las ramas cuando eran muy pequeñas y cómo había seguridad en las palabras de los apóstoles y profetas.

Un testimonio para la actualidad

El Nuevo Testamento revela que durante tiempos inciertos, cuando algunos no querían escuchar el llamado del Evangelio, había seguridad para aquellos que “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la hermandad, y en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Otros ejemplos nos enseñan cómo son probados incluso los justos (véase 1 Corintios 10:13) y cómo el corazón del mensaje del Evangelio es tan simple hoy como lo fue hace dos mil años: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es ésta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27). Al igual que Doctrina y Convenios, donde el profeta José Smith dio el testimonio de “¡Que vive!” (D. y C. 76:22), el Nuevo Testamento da un testimonio similar de que la tumba estaba vacía la mañana de Pascua: “No está aquí, porque ha resucitado” (Mateo 28:6).

https://www.lds.org/liahona/2011/01/the-historical-context-of-the-new-testament?lang=spa

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