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Jesucristo, el gran maestro

A Jesús se le ha definido como filósofo, economista, reformador social y como muchas otras cosas. Sin embargo, por sobre todo eso. El fue un maestro -un maestro de doctrina religiosa. Si preguntáramos cuál era la ocupación de Jesús. habría una sola respuesta lógica: Era maestro. Ese solo hecho, más que ningún otro, le otorga gran dignidad a la enseñanza y establece un tremendo compromiso para todos aquellos que de una forma u otra enseñamos.

Jesús fue un maestro; así lo dicen los Evangelios. De las más o menos noventa veces que se le nombra conforme a los registros de los cuatro Evangelios, en sesenta se le llama “Raboni”, que quiere decir “maestro”. También se le llama literalmente “Maestro”, palabra de origen griego definida como “aquel que enseña concerniente a las cosas de Dios y a los deberes del hombre”.

Hay una razón mucho más comprensible para que al Señor se le llame Maestro. que para describírsele como reformador social, filósofo o para atribuirle cualquier otro título. El era un maestro. Fue esa función la que le permitió lograr las cosas que le fue mandado hacer. El simplemente enseñó.

El hecho de que a sus seguidores se les llamara discípulos tiene un significado más que singular, puesto que discípulo significa literalmente “alumno”, y los discípulos eran ni más ni menos que Sus alumnos. La palabra disciplina es definida como “instrucción impartida a discípulos o alumnos; enseñanza, aprendizaje, educación”. También se le define como “un curso particular de instrucción impartido a discípulos”. En nuestra éspoca se utiliza este término comúnmente en la
educación como “un ramo de la instrucción; o la educación; un departamento de aprendizaje o conocimiento; una ciencia o arte en el aspecto educativo”. Lo que es más, se le define como “Doctrina, instrucción de una persona, especialmente en lo moral. Arte, facultad o ciencia.
Observancia de las leyes y ordenamientos de una profesión o instituto” (Diccionario de la lengua española). Para los discípulos, Jesús era su Señor y su Raboni o Maestro, y ellos eran Sus discípulos o alumnos. Si nos ponemos a pensar detenidamente, El también es nuestro maestro, y nosotros somos Sus discípulos.

Jesús: Nuestro modelo de maestro

Cuando comenzamos a analizamos a nosotros mismos y procuramos mejorar nuestra aptitud como maestros, ¿qué mejor modelo podremos encontrar que el Señor mismo? ¿Podríamos acaso emprender un mejor curso de estudio que el analizar nuestros ideales, objetivos, y métodos y compararlos con los que utilizó Jesucristo?
Los Evangelios abarcan 126 páginas. Uno puede completar su lectura en una tarde y estudiarlos detenidamente en poco más que eso. Podemos comparar lo que estamos tratando de lograr con lo que Jesús logró si tan sólo dedicamos algo de tiempo a leer los cuatro Evangelios y procuramos averiguar cómo hizo lo que hizo. Si bien el mensaje que El declaró es muy importante, la manera en que lo presentó tiene también una gran significancia para nosotros.
No disponemos de información escrita en cuanto a la forma de enseñar valores morales y espirituales que resulte más importante ni de mayor ayuda, siempre que se les encare en la debida forma, que la que podemos extraer de los Evangelios. Tal información constituye sin duda el documento más impresionante y valioso que jamás haya conocido la humanidad en cuanto a técnicas didácticas.
Hay personas que tal vez se muestren algo vacilantes en hacer tal comparación, pensando que está, desde todo punto de vista, fuera de nuestro alcance. A tales personas diría que consideraran la declaración del Señor cuando dijo: “…¿qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27). El nos ha instado a que seamos perfectos, así como El y el Padre son perfectos (Véase 3 Nefi 12:48). ¿No se aplica esto a la enseñanza del mismo modo o tal vez más que a cualquier otra función que cumplamos?
Yo no vacilo en afirmar que tengo el gran deseo de enseñar como El enseñó. Aun cuando eso esté muy por encima de mi capacidad, El es mi ideal y los Evangelios constituyen la mejor ayuda impresa que podamos encontrar en cualquier lugar para solucionar el problema de enseñar valores morales y espirituales.
A no ser por unas pocas referencias que indican que el Señor enseñó en la sinagoga (Mateo 4:23, 9:35, 13:54; Marcos 1 :39, 6:2; Lucas 4: 15; Juan 18:20), no tenemos evidencia alguna de que El haya enseñado en lo que puede darse en llamar un ambiente didáctico formal. Sus enseñanzas fueron impartidas a multitudes o a grupos pequeños que se reunían a su alrededor.
El hecho de que utilizó principios pedagógicos reconocidos y empleados por nuestros educadores profesionales actuales resulta desde todo punto de vista evidente. El Señor reconoció aquellos principios que eran útiles para instruir, así como aquellos que no lo eran. Al introducirnos en los siguientes capítulos, señalaremos muchos de tales ejemplos.
Hace algunos años un autor de nombre Ferrot R. Glover compuso un estudio sobre Jesús como personaje histórico, y casi inadvertidamente puso su mayor énfasis en el Señor en su función de maestro. En uno de los pasajes de la obra comenta: “Le he estado tratando casi como si fuera toda una autoridad en pedagogía. Afortunadamente, El jamás se refirió a la pedagogía ni tampoco utilizó los términos que yo he utilizado. Sin embargo, El trató con seres humanos, les
enseñó e influyó, y bien vale la pena en nuestro estudio entender cómo lo logró; bien vale el esfuerzo llegar a aprender y dominar Sus métodos”. (The Jesus of History, New York: Association Press, 1930, pág. 84.)
Aun cuando Jesús no trató el tema de la metodología pedagógica, mucho es lo que podemos aprender en cuanto a la enseñanza de ideales morales y espirituales estudiando los relatos de Su ministerio, tal como se encuentran en los Evangelios. Quede bien en claro que no es adverso a ninguno de nosotros el aspirar a ser como El. El Señor no fue simplemente un maestro, sino que fue el Gran Maestro. Tras el paso de los siglos y más allá de las traducciones efectuadas de un idioma a otro, Sus enseñanzas se han conservado simples, precisas y directas, y eso debido a que fueron diseñadas para tal fin. Mentalmente podemos ir hacia atrás hasta aquel día cuando ministró entre los hombres. Podemos prestar atención a lo que está enseñando. También sería oportuno que observáramos detenidamente cómo lo hace, para que cuando nos llegue el mandato de apacentar Sus ovejas. podamos hacerla de la misma forma en que Ello hizo.

Boyd K. Packer, Enseñad Diligentemente. Páginas 18 y 19

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