Los profetas y videntes en tiempos antiguos

¿Qué era un profeta entre los hebreos?

En el antiguo Israel Dios llamó profetas por la mis­ma razón por la que los llama hoy día. Deben enseñar al pueblo las leyes de Dios y cómo vivirlas, llamar al pueblo al arrepentimiento cuando ello sea necesario y dar testimonio de Jesucristo. La obra de todos los pro­fetas verdaderos, de todas las épocas, consiste en ac­tuar como mensajeros de Dios y hacer conocer la vo­luntad de Dios.

El élder John A. Widtsoe explicó que “un profeta es un maestro. Ese es el significado esencial de la pala­bra. Enseña lo que constituye el todo de la verdad, el evangelio, revelado por el Señor al hombre; y bajo inspiración lo explica al entendimiento del hombre. Es un expositor de la verdad. Además, muestra que el camino a la felicidad humana se encuentra mediante la obediencia a las leyes de Dios. El llama al arrepen­timiento a los que se apartan de la verdad. Se torna en luchador para que se cumplan los propósitos del Señor con respecto a la familia humana. El propósito de su vida es apoyar el plan de salvación del Señor. Esto lo hace mediante íntima comunión con El, hasta estar ‘lleno del Espíritu de Jehová’ (Miqueas 3:8; véase también D. y C. 20:26; 34:10; 43:16).

“En el transcurso del tiempo el vocablo ‘profeta’ ha llegado a significar, tal vez principalmente, el llama­miento del hombre que recibe revelaciones e instruc­ciones del Señor. Erróneamente se ha considerado que la tarea principal del profeta es la de predecir acontecimientos futuros, dar voz a proferías . . . pero esto es solamente una de las varias funciones de su llamamiento.

“Como un profeta es el hombre que recibe revela­ciones del Señor, los títulos ‘vidente y revelador’ me­ramente amplían el sentido del título ‘profeta’ …

“Las revelaciones que recibe pueden ser explicacio­nes de verdades que ya se han recibido o nuevas ver­dades que no estaban en poder del hombre. Tales re­velaciones se dan solamente a la persona a quien correspondan, según el cargo oficial que tenga. El ofi­ció menor no recibirá revelaciones para el oficio ma­yor.” (Evidences and Reconciliations, págs. 257-58.)

¿Qué cualidades son necesarias para que un hom­bre pueda ser profeta? El élder A. Theodore Tuttle respondió diciendo: “Principalmente, ¡Dios debe elegirlo como su profeta! Es­to es enteramente diferente a que el hombre elija a Dios. El Salvador, hablando a sus Apóstoles, dijo: ‘No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vo­sotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto …’ Juan 15:16).

” ‘Creemos que el hombre debe ser llamado de Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.’ (Quinto Artículo de Fe.)

“El profeta, entonces, es el representante autoriza­do del Señor. Aunque el mundo no lo reconozca, el requisito importante es que Dios hable a través de él. ” (En Conference Report, abril de 1973, pág. 11; o Ensign, julio de 1973, pág. 18; cursiva agregada.)

¿Qué es un vidente?

“El vidente es el que ve con ojos espirituales y per­cibe el significado de lo que a otros les parece incom­prensible. Por lo tanto, es intérprete y clasificador de la verdad eterna. El ve el futuro desde el pasado y desde el presente. Esto es mediante el poder del Señor que obra a través de él, directa o indirectamente, con la ayuda de instrumentos divinos tales como el Urim y Tumin. En pocas palabras, él es uno que ve, que anda en la luz del Señor con los ojos abiertos.  (Libro de Mormón, Mosíah 8:15-17).” (Widtsoe, Evi­dences and Reconciliations, pág. 258.)

Como dijo Ammón, “Un vidente es también revela­dor y profeta” (Mosíah 8:16). Cuando resulta necesa­rio, puede usar el Urim y Tumim o intérpretes sagra­dos (véase Mosíah 8:13; 28:13-16; 1 Samuel 9:9; 2 Samuel 24:11; 2 Reyes 17:13; 1 Crónicas 29:29; 2 Cró­nicas 9:29; 33:19; Isaías 29:10; 30:10; 2 Nefi 3:6-14; D. y C. 21:1; 107:92; 124:94; 125; 127:12; 135:3; Moisés 6:36, 38.)

El papel del profeta

Aunque los profetas sin duda pensaban mucho en cuanto al futuro, la mayor parte de la obra que desa­rrollaron entre sus contemporáneos fue de naturaleza práctica y de acuerdo con la época. Eran maestros, hombres y guías del pueblo. Eran expositores de la verdad; mostraban que el camino hacia la felicidad humana es la obediencia a la voluntad divina; llama­ban al arrepentimiento a los que se apartaban de la verdad, apoyaban el plan de salvación, y era y es su derecho y responsabilidad aconsejar a los santos en todas las épocas.

Los profetas no eran maquinas impersonales que sencillamente repetían sus mensajes. Eran grandes personajes, peculiares en su personalidad y expresión. Veían las cosas a través de sus propios ojos y de acuerdo con sus circunstan­cias. Hablaban en el lenguaje y para el entendimiento de la gente de su época.

Los diferentes profetas fueron llamados en épocas particulares para satisfacer necesidades especiales. Obviamente la mano del Señor estaba en su llama­miento. Por ejemplo, Amós fue llamado en un mo­mento en que la opulencia y el formalismo religioso se combinaron para producir una gran marea de deca­dencia y promiscuidad social. El respondió con un es­tilo y mensaje adecuados a ese tiempo. Oseas se diri­gió al pueblo en un momento en que las formas sociales establecidas se esfumaban. Ezequiel, osado en su lucha por lo recto, declaró: “Sabrán que hubo profeta entre ellos” (Ezequiel 33:33), al hablar de la época en que las calamidades predichas caerían sobre el pueblo. Expresó sus clamores de advertencia mien­tras estuvo en exilio junto con su pueblo. Isaías predicó

a un pueblo que, rechazando su mensaje, llegó a ser tan inicuo que se condenó a sí mismo. Jeremías vivió en medio de las agonías finales de Jerusalén y advir­tió a un rey que prefirió no prestar atención a sus pa­labras de modo que sufrió las consecuencias. El élder Mark E. Petersen dijo acerca de la importancia que tiene la función de los profetas:

“Ellos fueron el centro de los tratos del Señor con su pueblo. Tan bien establecido estaba este procedi­miento que uno de ellos dijo: ‘Porque no hará nada Jehová el Señor, sin que revele su secreto a sus sier­vos los profetas’ (Amós 3:7).

“En toda la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se refleja este importante hecho.

“Siempre que Dios ha tenido un pueblo en la tierra al cual ha reconocido como suyo, ha proporcionado guía constante a ese pueblo y lo ha hecho mediante revelación divina dada a través de sus profetas.” (En Conference Report, abril de 1970, pág. 82.)

En algunas ocasiones hubo al mismo tiempo más de un profeta en Israel, y a veces hubo muchos. Lehi y Jeremías eran contemporáneos (véase 1 Nefí 5:13; 7:14), así como muchos otros. Isaías y Miqueas vivie­ron en la misma época, durante la cual se dirigieron a grupos diferentes. La interrogante acerca de cuál pro­feta tenía autoridad eclesiástica sobre los demás (si es que alguno la tenía) no puede ser contestada porque la información existente es insuficiente. Los Santos de los Últimos Días somos más conscientes del papel de un profeta presidente porque la naturaleza de la Igle­sia hoy día así lo requiere, y porque el Señor ha indi­cado que así debe ser. El élder John A. Widtsoe expli­có: “Cuando otros, además del Presidente de la Iglesia, tienen el título de ‘profeta, vidente y revela­dor’, se requiere que el ‘poder y la autoridad’ así re­presentados entren en acción solamente por llama­miento de parte del Presidente de la Iglesia; de otro modo podría surgir un conflicto de autoridad. Esto queda bien ilustrado en la práctica de la Iglesia. Por ejemplo, un hombre puede ser ordenado sumo sacer­dote, oficio en el cual el derecho de presidir es inhe­rente, pero preside solamente si es llamado a hacerlo. Así es también en el ejercicio de autoridad bajo estos títulos sagrados.” (Evidences and Reconciliations, pág. 257.)

Los profetas hablaban acerca de Dios en una mane­ra comprensible para el débil entendimiento de su pueblo. Por esta razón, describían al Señor como po­seedor de atributos parecidos del hombre. Por ejem­plo, fue descrito como un Dios celoso y muy preocu­pado por la reverencia que se le debe rendir. Deseaba ser un Dios personal; quería revelarse a su pueblo (véase Éxodo 19:10-11), pero el pueblo se asustó y no le permitió llegar directamente a su vida (véase Éxodo 20:18-19).

Se debe recordar, al estudiar la vida y los mensajes de los profetas, que su época y su tiempo no eran exactamente como los del hombre en la actualidad.

No había aparatos de televisión, ni automóviles, ni naves aéreas. Por regla general, los profetas estaban limitados a una zona geográfica más bien pequeña. Actuaban dentro de los límites de su cultura, así como lo hacen los profetas hoy en día. (Para obtener más detalles con respecto al papel de los profetas, véase Éxodo 4:12, 16, 30; Números 12:6; ; Jere­mías 1:7; Ezequiel 2:7; Mateo 28:20; 2 Reyes 17:13; Hebreos 1:1; Mosíah 8:15; Helamán 5:18; D. y C. 1:38; 20:26; 21:5; 84:36.)

El espíritu de profecía: un don dado a los justos

En un sentido amplio, todo santo debería ser profe­ta. El élder Bruce R. McConkie explicó: “Los profetas son sencillamente miembros de una Iglesia verdadera, poseedores de un testimonio de la veracidad y de la divinidad de esta obra. Son los san­tos de Dios que han aprendido mediante el poder del Espíritu Santo que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

“Un visitante celestial sobre el cual el Señor había puesto su nombre le dijo al Amado Revelador: ‘El tes­timonio de Jesús es el espíritu de la profecía’. (Apoca­lipsis 19:10.) Esto es, toda persona que recibe revela­ción y por ello sabe, independientemente de toda otra fuente, de la condición divina que el Salvador tiene como Hijo de Dios, posee el espíritu de profecía y es un profeta. Así Moisés exclamó: ‘Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espí­ritu en ellos’ (Números 11:29). Y así fue que Pablo aconsejó a todos los santos: ‘Podéis profetizar todos’ y prometió eso a los fieles (1 Cor. 14:31-39).

“Un testimonio viene mediante revelación del Espí­ritu Santo, cuya misión es dar ‘testimonio del Padre y del Hijo’ (Moisés 1:24). De Cristo, Moroni dice: ‘Por el poder del Espíritu Santo podréis saber que él existe’ (Moroni 10:7). La profecía proviene de esa misma fuente y mediante ese mismo poder. En el lenguaje de Pedro, ‘nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios habla­ron siendo inspirados por el Espíritu Santo’ (2 Pedro 1:21).

“Cuando una persona se sujeta a la ley que le per­mite obtener el conocimiento, por revelación, de que el Señor es el Hijo Divino de Dios, se sujeta a la ley que le da el poder, según lo requiera la ocasión, para profetizar. En la historia nefita encontramos el relato de un pueblo que obtuvo testimonios y, en conse­cuencia, también tuvo el don de profecía. Después de exponer el plan de salvación, plan que se aplica me­diante la sangre expiatoria de Cristo, el rey Benjamín expresó el deseo de ‘saber si creían las palabras que les había hablado’. La respuesta fue: ‘Creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por motivo del Espíritu del Se­ñor Omnipotente’, es decir, que habían obtenido tes­timonios. Entonces dijeron: ‘Nosotros mismos, por medio de la infinita bondad de Dios y las manifesta­ciones de su Espíritu, tenemos grandes indicaciones de aquello que está por venir; y si fuere prudente, po­dríamos profetizar de todas las cosas’ (Mosíah 5:1-3). Es decir, el testimonio de Jesús es el espíritu de profe­cía; tanto el testimonio como la profecía vienen me­diante el poder del Espíritu Santo; y toda persona que recibe la revelación de que Jesús es el Señor es un profeta y puede, según lo requiera la ocasión y cuan­do sea guiado por el Espíritu, ‘profetizar todas las co­sas’.” (The Promised Messiah, págs. 23-24.)

Llamamiento y capacitación de los profetas

El élder John A. Widtsoe expresó este importante punto de vista en cuanto a los profetas como hom­bres: “Hay hombres llamados al oficio profético por causa de su humildad y su deseo de estar en las manos del Señor como arcilla en manos del alfarero. Sin em­bargo, el hombre llamado al oficio profético es casi sin excepción de elevada inteligencia, a menudo un hom­bre con una gran experiencia en la vida y poseedor de sabiduría y buen juicio. Esto es, el profeta, visto como hombre, es un hombre que por su capacidad superior se eleva sobre la multitud. Un examen de la historia sagrada desde Adán hasta el presente mostrará que hombres capaces, según las palabras de Jetro, hom­bres ‘temerosos de Dios, varones de verdad, que abo­rrezcan la avaricia’ (Éxodo 18:21), han sido llamados al oficio profético. Los puntos de vista emitidos, aun cuando no sea en forma oficial, y las palabras de un hombre así con relación a cualquier tema de vital im­portancia, deberán recibir nuestra respetuosa aten­ción. Los hombres sabios buscan el consejo de aque­llos que son más sabios o más capaces que ellos …

“¿En qué forma pueden los fieles de la Iglesia reco­nocer la voz profética, sea oficial o no, cuando ella se deja oír? La respuesta es bastante sencilla. El que está en armonía con el evangelio y sus requisitos, en idea­les y en la práctica, que ama tanto la verdad que se siente inclinado a sujetarse a ella, reconocerá el men­saje del Señor.” (Evidences and Reconciliations, págs. 237-38.)

El élder Widtsoe también explicó que “el maestro debe aprender antes de poder enseñar. Por lo tanto, en las épocas antiguas y en las modernas ha habido escuelas de profetas, en las que los misterios del reino se han enseñado a los hombres que van a salir a pre­dicar el evangelio y a luchar las batallas del Señor.” (Evidences and Reconciliations, pág. 257.)

Los discípulos de los profetas eran llamados hijos, así como los maestros a veces eran llamados padres (véase 2 Reyes 2:12; 6:21). Estos “hijos de los profetas” formaban un grupo especial. Tal vez ayuda­ban a los profetas en sus tareas y a veces ocupaban su lugar. Además, eran maestros de religión. Algunos de ellos eran casados y es probable que hayan vivido en casas propias. Otros eran solteros y ocupaban un edificio que compartían entre todos, y comían juntos.

Se supone que el profeta Samuel fundó las escuelas de los profetas. En 1 Samuel 19:19-20 se le describe instruyendo a los demás. Pero no se sabe cuánto du­raron las escuelas de los profetas en la época del Antiguo Testamento. Parecen haber florecido en la época de Samuel, de Elías el Profeta y de Eliseo. Fi­nalmente se convirtieron en círculos selectos inescru­pulosos que adivinaban por dinero y poder. (Véase C.F. Keil y F. Delitzsch, Commentary con the Old Testament, 2:2:199-206.)

Profetas falsos

No todos los profetas son de Dios. Hay falsos pro­fetas que arrastran a la gente hacia otros dioses (véase Deuteronomio 13). Los inicuos profetas de Baal eran personas destacadas en Jerusalén durante el reinado de Acab. Oficiaban en la pervertida religión cananea y gozaban del apoyo de Jezabel, esposa de Acab. Los verdaderos profetas del Señor tuvieron que competir con ellos y con otros profetas falsos a fin de merecer la atención del pueblo, y en el caso de Elías, fue nece­saria una demostración sobrenatural para convencer a la gente de que los profetas de Baal no eran dignos de confianza. Tal vez todos los profetas verdaderos tuvieron que contender constantemente con los falsos (véase Jeremías 23:13-17).

Un ejemplo clásico de confrontación entre los profe­tas falsos y los verdaderos se encuentra en 1 Reyes 22. Los reyes de Judá e Israel habían unido sus fuer­zas para luchar contra los sirios, y Acab sugirió a Josafat que fueran juntos a tomar la ciudad de Ramot. Josafat solicitó la opinión de los profetas de Acab, y todos ellos aconsejaban ir a la batalla. Josafat presionó a Acab diciendo: “¿Hay aún aquí algún profeta de Jehová, por el cual consultemos?” (vers. 7), y se le di­jo que había uno y que era Micaías. Pero Acab lo odiaba y dijo: “Nunca me profetiza bien, sino mal” (vers. 8). Llamaron a Micaías, mas el siervo de Acab le advirtió: “Las palabras de los profetas (de Baal) a una voz anuncian al rey cosas buenas; sea ahora tu palabra conforme a la palabra de alguno de ellos, y anuncia también buen éxito” (vers. 13). Y Micaías di­jo: “Vive Jehová, que lo que Jehová me hablare, eso diré”  (vers. 14). Aunque ponía en peligro su propia vida, habló la verdad. Los profetas falsos dijeron lo que agradaba al rey y aquello que servía para mante­ner su propio lugar en la corte.

El presidente Spencer W. Kimball dijo lo siguiente con respecto a los profetas verdaderos: “Lo que el mundo necesita es un profeta líder que dé el ejemplo: que sea limpio, con mucha fe, semejante a Dios en su actitud, con un nombre sin mancha, que sea un espo­so amoroso y un verdadero padre.

“Un profeta necesita ser algo más que un sacerdote, ministro o anciano (élder). Su voz se convierte en la de Dios para revelar nuevos programas, nuevas reso­luciones. No afirmo que sea infalible, pero sí necesita ser reconocido por Dios, tener autoridad. No es pre­tencioso como muchas personas que asumen una po­sición sin que se les haya autorizado, y ejercen una autoridad que no se les ha dado. Debe hablar como su Señor: ‘… como quien tiene autoridad, y no como los escribas’ (Mateo 7:29).

“Debe ser lo suficientemente valiente para decir la verdad aun en contra del clamor popular que demanda aminorar las restricciones; debe estar seguro de su llamamiento divino, de su ordenación celestial, y de su autoridad para llamar al servicio, ordenar y conferir las llaves que abren cerraduras eternas. ” (En Conference Report, abril de 1970, pág. 12°.)

Para obtener un entendimiento más completo en cuanto a la existencia de profetas falsos en la época del Antiguo Testamento, lea Deuteronomio 18:20; Isaías 9:15-16; 28:7; Jeremías 2:8; 5:31; 23:9, 11, 16; 27:15; 28:15; Lamentaciones 2:14; Ezequiel 22:25; Miqueas 3:5, 11; Zacarías 10:2.

Los profetas verdaderos son mensajeros de esperanza

Muchas de las profecías surgen en razón del pano­rama general que los profetas tienen de los aconteci­mientos tal como son desde el comienzo al final. Aunque vieron las calamidades de su propio tiempo y los castigos que Dios derramaría sobre Israel, los pro­fetas del Antiguo Testamento vieron en el futuro un día de alegría y regocijo. Reconocieron que la salva­ción nacional no sucedería durante su vida, sino que se produciría en una fecha futura, y dieron indicios de ese entendimiento que tenían.

El élder Bruce R. McConkie dijo: “En esta época creemos en el Señor Jesucristo y ob­tenemos salvación, y los profetas y apóstoles de nues­tros días lo revelan (al Señor) al mundo y sirven como administradores legales para efectuar ordenanzas de salvación en Su nombre a fin de que dichas ordenan­zas tengan vigencia en la tierra y sean selladas eterna­mente en los cielos. Así fue en la época de Salomón. La salvación entonces se fundaba en Cristo como su­cede ahora, y los profetas de aquella época enseñaban los mismos principios que enseñamos hoy en día.

“En el inicio de su ministerio, el profeta Nefi deta­lló su propósito y resumió la comisión divina diciendo ‘Porque toda mi intención es poder persuadir a los hombres a que vengan al Dios de Abraham, y al Dios de Isaac, y al Dios de Jacob, y sean salvos’ (1 Nefi 6:4). El rey Benjamín (repitiendo las palabras que le fueron expresadas por un ángel) afirmó y explicó el mismo concepto con estas palabras: ‘… viene la salvación … por medio del arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo. Y el Señor Dios ha enviado a sus santos profetas entre todos los hijos de los hom­bres, para declarar estas cosas a toda familia, nación y lengua, para que así, quienes creyesen que Cristo ha­bría de venir, los mismos pudiesen recibir la remisión de sus pecados y regocijarse con un gozo sumamente grande, aun como si él ya hubiese venido entre ellos.’ (Mosíah 3:12-13.)

“Coriantón, hijo de Alma, rebelde e inclinado a lo carnal, era incapaz de comprender ‘concerniente a la venida de Cristo’. Su padre le dijo: ‘Tranquilizaré un poco tu mente sobre este punto. He aquí, te maravi­llas de por qué se deben saber estas cosas tan antici­padamente’. Y éste es el razonamiento de Alma:

” ‘He aquí, ¿no es un alma tan preciosa para Dios ahora, como lo será en el tiempo de su venida?

“’¿No es tan necesario que el plan de redención se dé a conocer a este pueblo, así como a sus hijos?

“‘¿No le es tan fácil al Señor enviar a su ángel en esta época para declarar estas gozosas nuevas, tanto a nosotros como a nuestros hijos, como lo será después del tiempo de su venida?’ (Alma 39:15-19.) …

“‘¿Estas alegres nuevas’ —que la salvación está en Cristo y que se obtiene mediante la obediencia a su santo evangelio— fueron declaradas a aquellos que vi­vían en lo que se ha dado en llamar la era precristiana para ‘que la salvación pudiera venir a ellos’, y pudie­ran ‘preparar las mentes de sus hijos para oír la pala­bra al tiempo de su venida’? (Alma 39:16.)

“Que eran relativamente pocos entre los que vivían cuando El vino, o que posteriormente vivieron en este globo rodeado de tinieblas, los que estaban prepara­dos para recibir a Jesús como Salvador, Señor y Rey es el comentario más triste que se encuentra en toda la historia de las relaciones de Dios con los hombres. Sin embargo, muchas de las profecías (junto con la doctrina que constituía parte de las mismas) todavía existen y, con la guía del Señor, muchas almas since­ras serán llevadas al conocimiento de la verdad cuan­do las estudien con la ayuda del Espíritu. ” (The Promísed Messiah, págs. 29-30.)

Más adelante en la misma obra, el élder McConkie continuó diciendo: “Algunos eruditos sectarios que creen en las profe­cías mesiánicas suponen que no son muchas estas de­claraciones divinas y que provienen, en realidad, de pocos videntes. La verdad es que estas profecías son incontables y que quienes las anunciaron son suficien­tes como para poblar ciudades, naciones y continen­tes. Todos los profetas, todos los predicadores de jus­ticia, todos los ciudadanos de Sión, todos los santos de la antigüedad, todos los que desde Adán hasta Juan tenían el don del Espíritu Santo —todos ellos testificaron en términos mesiánicos. Todos tenían una esperanza, nacida del Espíritu Santo, en el Cristo que vendría, y afortunadamente, algunos de ellos fueron llamados para ser profetas para el pueblo, y parte de sus palabras se ha preservado para nosotros” (pág. 77).

A los judíos de su propia época el Salvador dijo: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó” (Juan 8:56). Otros lo vie­ron y profetizaron concerniente a ese día (véase Jacob 4:4-5; Hechos 3:21-24; Helamán 8:16-18).

Conclusión

El élder John A. Widtsoe resumió la función de los profetas en estas palabras: “El profeta es un maestro de la verdad conocida; el vidente es el que percibe la verdad oculta; un revela­dor es el portador de una verdad que todavía no co­nocemos. En el más amplio sentido, el título que se emplea comúnmente, el de profeta, incluye también los atributos de maestro, receptor y portador de la verdad.

“El que porta el título de profeta, y los que como tal lo sostienen, son ante todo creyentes en Dios y en un plan de salvación para la familia humana, y, en segundo lugar, se comprometen personalmente a la tarea de llevar a cabo los propósitos del Todopoderoso.

Creen que los hijos de los hombres son capaces de re­cibir y obedecer la verdad. De no ser así, el título de ‘profeta, vidente y revelador’ sería sólo palabras va­cías. Pero en verdad, son un llamamiento de la Iglesia de Cristo para alertar a un mundo que anda en las sombras de la ignorancia. ” (Evidences and Reconciliations, págs. 258-59.)

https://www.lds.org/manual/old-testament-student-manual-kings-malachi/enrichment-b?lang=spa

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